sábado, 29 de septiembre de 2018

Aquellos buenos tiempos de perros. Capìtulo 1











Arroyo Minas de Callorda. Depto. Durazno. Uruguay. Circa 1956.Con mi padre y mi madre.

El Zorro …aquel primer amigo
        

Los tiempos de  recordar, son tiempos cómplices con lo verdadero, o  deberían serlo desde que  son  tiempos  demandantes  y  necesarios  de   sinceridad . A título de innegociable , la primer sinceridad es aceptarlos como lo son,  espacios emocionales  donde la legitimidad  para con los  propios recuerdos constituya el  indiscutible trato  para con  el Otro, aquellos  potenciales  lectores que  asuman  el esfuerzo siempre generoso   de asomarse a  ellos  ya  transformados en  palabras .
En cualquier caso y a cualquier modo, en estos apuntes  cuyo intento   trazo rescatados  desde la memoria,   la tentación -  siempre presente-  de dejarse conducir  por la imaginación ,  serán desde la voluntad, celosamente  vigilados,  aún cuando la animen y tienten    el intento de hacer  un detalle  soberbio  en lo  preciso o indulgente en contenidos de    circunstancias que ciertamente se buscan y  se narran  desde  la delgada línea peligrosa  y esquiva de episodios y   momentos descansando  en los tiempos  imprecisos de la niñez.
           Por allí es donde intento construir  las claves para entender y ubicar significativamente en mi propia historia de vida,   el  transcurrir  vital de los   personajes de esta historia. Por allí es  donde excavaré  las circunstancias  en cuyo transcurrir  llegaron     a mi mundo social  cada uno de los personajes de esta historia.
          Recuerdo realmente con mucha claridad, pese a tantos años transcurridos, cuando por primera vez vi  aquel desvalido  perrito de inclasificable color mugre , con mucho marrón de tierra reseca, de ojos cerrados , purulentos y legañosos, puro cuero y saliva, pura fealdad,   y al que  lo único que pareciera hacerlo clasificable a una potencial adopción, fuere esa ternura universal que despiertan  las  criaturas   pequeñas, desvalidas,   demandantes de protección y auxilio  en esa imagen de  fragilidad  y vulnerabilidad.
          Aquellos primeros días, aquel bien nacido hijo de una  cualquiera y anónima  perrita de barrio, sin duda alguna por supuesto, ausente  de todo linaje ni raza conocida, - puro y   absoluto pedigrí de las cunetas  callejeras-,  que como tantas y casi todas por aquellos tiempos de espacios grandes en pueblos chicos, era más que inevitable, era natural,  que  en cada celo, hembra fértil y  ejemplar generoso de  selección natural ,  honrando  el   imperio biológico de perpetuar su especie  trajera desde una prolífica camada de crías  la responsabilidad de  alimentarlos y protegerlos y para  sus tenedores a cualquier título,  dueños como reza el discurso humano,  sea lo que sea que esto signifique en la vida de los hombres y  de los  perros, casi que ciertamente traían  un montón de problemas. Por lo menos en aquellos viejos tiempos en los cuales aún no eran los perros, un objeto de lucimiento y prestigio,  una mercancía a exhibir en vidrieras. Eran perros.
          Deben haber sido aquellos días primeros,  como para todo recién nacido,  muy difíciles, expuesto a exigentes condiciones de sobrevivir,  razonablemente lo  presumo,  compitiendo a puro gemido con   unos cuantos hermanos  , en  ansiosa  urgencia de teta y tibia lecha materna.

Para un niño de 10 años, la posibilidad de  un amigo, personal y próximo,  es probable lo mantuviera en ansiosa  vela, toda la noche. Quizá así fuera , pero seguro estoy que  junto con aquel  perrito desvalido se poblaron los  sueños y ensueños niños de aquella noche, disparados y convertidos  en una y mil correrías y aventuras.
Mantengo estos recuerdos   cual celoso capital , que   disfruto  cuando los traigo a mis   pensamiento y   benefician mi espíritu en los azares de la  vida cotidiana y sus peripecias, cuando está  roba energías y  cede infortunios. Constituyen  importante y por cierto que gozosa memoria de  mínimas circunstancias asociadas a esos hechos y esos tiempos, que de tanto andar ahí dando vueltas en mi cabeza , ahora siempre ocupada en cosas serias y útiles aun cuando no sabemos bien a que,  luego de haberlas pensado tanto, luego de haberlas contado en parte o en todo, tantas veces, tampoco ni siquiera sé, cuánto y cuáles de ellas son  efectivamente realidad y  han escapado a la brocha de mis fantasías o  cuanto se acercaron éstas  a colorearlas y   llenar espacios vacios o poco importantes, o a disimular los tiempos tristes y privilegiar los tiempos de alegría.
Recuerdo si con bastante claridad, aquel  escenario , sus personajes y sus roles en el episodio.
Detrás del gran salón donde funcionaba el comercio familiar en ese tan genérico como común a cada barrio rubro de Provisión, al que, indistintamente atendían , ya fuera  mi padre , señor severo,  de pocas palabras y menos caricias, dueño si  de un carácter trabajador y honrado, y  también de un  muy mal genio del cual hizo apropiada  fama entre vecinos, clientes y proveedores, y/o  mi madre, buena, dulce y siempre dispuesta a la charla con las vecinas del barrio, filtro suavizador de las aristas difíciles de su marido,  propietaria monopólica de las  caricias que me traían tranquilidad y paz a mis complejas nocturnidades y me llevaban  al  sueño , había como es común en los comercios,  una trastienda pequeña , de poca luz y abundante  desorden, donde  convivían en cómodo desarreglo, cantidad de enormes damajuanas de vidrio para vino, de  10, 5 y 3 litros, muchas  vacías y otro tantas  llenas, muchas de ellas con sus originales canastos protectores de mimbre, otras ya cansadas de muchos viajes, sucias y sin canasto, también apilados contra las paredes, proyectando sombras que me gustaba imaginar en las horas hastío de mediodías caluroso cuando el almacèn cerraba sus puertas y su interior se poblaba de personajes extraordinarios realizando cosas extraordinarias, que no los eximían de volar, de cruzar obstáculos con sus enormes y largas piernas, o con o sin botas de 7 leguas, dar saltos extraordinarios que los llevaban de un lado a otro del lugar y así tanto estaban junto a los cajones de frutas, llenos de duraznos, de manzanas y naranjas, como se iban a esconder dentro de las enormes torres cilíndricas hechas con las grandes latas de aceite “Optimo” que llegaban al techo, es decir al cielo, o como tantas veces mi imaginación las “vio” rodeando el centro de poder  y espacio señorial,  alrededor del humilde mostrador, mutado en impresionante  altar  ceremonial ,  axis mundis de ese universo poblado casi en hacinamiento  por  hadas, aquelarres de brujas y galantes , tanto que valientes, caballeros andantes, también  hechiceros y algún que otro espectro atemorizante y por supuesto  “almas en pena” nativas, acudían de tanto en tanto a redondear  ese elenco mágico y fantástico aportando de paso un toque cosmospolita   y dar forma de castillos, murallas y torres llenas de soldados,  cantidad de casilleros de madera destinados al transporte  de todo tipo de bebidas, también mucho cajón vacío, de orígenes diversos,   llegados hasta allí como envase de mercaderías varias, alguna barrica de aquellas antiguas, panzonas,  fabricadas con duelas de madera funcional,  entre otros destinos, a transportar  yerba mate  , el mate amargo o dulce   tradicional bebida popular    , aún llegaba a los almacenes para su venta al menudeo en tales envases,  pilas de bolsas de arpillera vacías,  también algunas  conteniendo papa, cebolla, boniatos, azúcar y  alguna de sal que fácilmente se distinguía por la humedad que atravesaba el tejido de arpillera.  En definitiva para los mayores un pequeño y oscuro depósito al cual únicamente se entraba en búsqueda de algo. En cambio mi  mundo de  niño entonces,  veía y vivía allí  fantasías,  que desde la ingenuidad , gustaba esconder de los  mayores y aún de otros pares,  y el tener tal mundo privado y secreto, su pertenencia, alimentada por  la ignorancia de aquellos, me llenaba de júbilo.  Muchos de tales asombrosos y fantásticos  personajes llegaron a ser muy amigos. Hasta contarme algunas de sus penas, que rara casualidad y para mi estupor y algo de desconcierto, eran de suyo, muy similares a las mías propias . Eso me confundió, proviniendo de seres tan espectaculares y  me tomó tiempo y alguna profunda reflexión acerca de los seres fantásticos, entender  la nueva realidad. Alguno de ellos, valga ejemplo  el  ogro , que de tanto en tanto surgiendo de la nada   hacía sobresalir por encima de torreones y  almenas su gigantesca estatura y  enorme cabeza calva,   haciendo huir en pánico a todos ante su atemorizador  tamaño, de enormes  manos velludas y  voz de retumbo y trueno, que  estremecía a todos y sobrecogía en miedo mi corazón y del cual  se comentaba en aquel concilio de fenómenos, que su alimento preferido consistía en comer un niño cada mes y una niña cada semestre, que los raptaba en los amaneceres, sacándolos de sus camas, y los llevaba a  lo hondo de su mundo oscuro y subterráneo,  a enflaquecer ya que así gustaba de comerlos , este tan  enorme y temido ser, uno de aquellos días, lo encontré solo y   llorando con mucha pena en un rincón , bajó la voz todo lo que pudo y me confió, que todo esas historietas eran mentiras. Que el mismo  las inventaba y hacía circular, porque tenía miedo, que lo que tenía de grande, lo tenía de sensible y eso podía parecer débil a los demás, que a él solamente le gustaba cantar y que se alimentaba de tiernas hojas verdes  cubiertas del rocío de la mañana  y flores amarillas cuando se abrían a la primer caricia del sol,  que buscaba le ayudaran a  suavizar la voz desde  que soñaba con ser tenor.
Desde que en la casa de Catuca, mi amigo de barrio ,  humilde y vieja ,  muy deteriorada,  y donde sorprendido me apercibí, que simplemente  comer era para mucha gente, todo un enorme desafío diario a resolver  y que realmente “todo lo que camina puede parar en el asador”,  el “Tata” su abuelo, figura patriarcal de aquella familia , extensa por necesidad,  zapatero  y bueno, italiano melancólico y nostálgico, perdido  siempre en la añoranza de  los cielos azules de  su idealizada tierra natal y en los dolores de corazón partido de abuelo de nieto sin padre, intentando olvidar mientras  escucha una y otra vez las dulces   canzonetas napolitanas   ablanda sobre su muslo gruesas  suelas de cuero a golpes de martillo sobre una plancha de hierro  , cosa que  me maravillaba desde que no parecía doler , después que me enseño  a hacerlo  fueron de mis primeras lecciones acerca del saber y  las técnicas . - también  yo las escuchaba y vivía así en cierta manera en dos mundos ,   me agradaban   pero por causas muy diferentes,  porque me ponían triste , pero sin ganas de llorar, entonces  el tal  amigo Ogro fue humanizado y  comenzó a ser y ser llamado por su nombre Bienamino, por el gran Gigli, por supuesto.
 Así eran las cosas casi siempre los somnolientos  domingos de tarde, allá en mi pueblo, allá en mi casa paterna,  en aquellos  mis tiempos de pantalones  cortos y  pelo al rape de atrevido mechón ,  cuando el comercio de mis padres dejaba de serlo para transformase en un reino fantástico  librado a mi arbitrio y ley,  para mí, su dueño y señor.
En ese escenario y en tal geografía fantástica,  ciego aún, húmedo de miedos y ciertamente hambriento,  revolcándose sobre unas ásperas y rotosas arpilleras, conocí por la primera vez a  mi futuro amigo Zorro.
Podría decir que fue un amor a primera vista. También podría decir y quizá sea más acertada  definición, que fue para mí entonces ,  una bienvenida  de primera vista .
Quizás no exagero demasiado, ni sobreestimo  los alcances de mi memoria, si digo que aún me parece sentir, la extraña  mezcla de gozo,  ansiedad  y angustia , que allí de pie,  casi sin aire,  sentí ante  la sola idea de que me permitieran quedarme con él. Decisión que por supuesto bien que sabía,  escapaba en un todo rotundo  a mi voluntad  y  deseos  de niño,  y que en cambio,  debía atravesar los caminos , desde mi óptica infantil, indecifrables   e inexplicablemente complejos de la  racionalidad  adulta, para el caso y en este orden,  los de mi padre y mi madre.
 Alocada idea si alguna lo fuera por  aquellos entonces de la familia poniéndose recién en marcha, compuesta de mi padre,  mi madre y  hermana mayor un par de años y que hoy, recién hoy, puedo interpretar y calificar de tiempos duros de trabajo para mis padres, tiempos inciertos, tiempos en los cuales no era fácil criar hijos desde las ganancias de un pequeño almacén de un pequeño pueblo del interior del país.  Eran tiempos de incertidumbre, en los cuales la balanza podía inclinarse en lo económico, para uno u otro signo. No eran entonces precisamente tiempos de mascotas. Algo así como un juguete para el escenario real . No eran tiempos de perros. No eran tiempos de  innecesarios.  Me costó toda una vida aprender que  escasos pueden ser los tiempos de lo innecesario en  tiempos de decidir entre escasas opciones y dentro de límites mínimos. .
No sé cuanto habrá durando la conversación acerca de la decisión a tomar desde que se la pospuso para el otro día, puedo  imaginarme   el tenor de la misma y  sus argumentos, lo que no tengo mayor idea  es acerca de  cuanto pueden haber sido la fortaleza de mis deseos y fantasías ingenuas de niño  al momento de la decisión. Quiero creer que bastante.
Hoy daría mucho por saberlo. Hoy , grande ya,  necesito saber cuanto más mejor de esos   asuntos  mínimos para rellenar espacios ansiosos.  Me imagino que habrán sido muchas las opiniones que los privados espacios de   de mis padres habrán escuchado y compartido.
Me imagino, que intuía tanto como deseaba una decisión favorable ,  lo sentía desde el dulce  y tierno mirar esperanzado de mi madre arropándome  en la cama y lo sentí,  en su beso de buenas noches,   no vendrían de ella las objeciones . Pero en definitiva, la noche pasó, dormí como duermen los niños, transformando problemas en fantasías, y el día llegó con el rumor de palabras que aunque llegaban a mi dormitorio atenuadas por la distancia,  las sentía fuertes y hermosas como una sinfonía expresando que sí, que el cachorro  podía quedarse, que había que cuidarlo y etc., etcs ..
No lo recuerdo, pero con seguridad  debo de haber saltado de la cama. Debo  haber salido corriendo hasta el sitio  en donde se encontraba. Debo de haberlo tomado, chiquito, gimiente  y meón,  en mis brazos y debo entonces haberlo llamado Zorro  de una vez y para siempre.
Fue así entonces, como llegó este ser  a mi vida y  el principio de una larga relación, muy importante y honda . Entrañable.  
A partir de entonces, comenzamos juntos el incierto  camino de  crecer. Yo me alargaba ridículamente  dentro de mis pantalones cortos, al uso y abuso de la época , y luchaba sordamente contra la voluntad de mi madre en cuanto al corte de pelo también clásico y funcional a los métodos de disciplinamiento de época,  cuando un tirón de pelo solucionaba muchas disputas y entredichos, es decir , cualquier peluquero de barrio sabía entonces sin preguntar, que el modelo necesitaba poco o nada de pelo en la cabeza, bastaba  un  cerquillo llamado  jopo -    váyase a averiguar porque – cayendo atrevido a modo de mechón  sobre la frente ,  los adultos eran hábiles a  domesticar desde ese ridículo adminículo personal   cualquier tipo de travesuras de sus portadores.
Empezamos asimismo a vivir y experimentar  peripecias varias que  desarrollaban sin que lo notara nadie, tampoco yo y menos él por obvias razones,  una fuerte relación de complicidad amiga. No se olvide nadie, que él tenía su tranquila y feliz  vida de perro y yo  la tormentosa y azarosa vida de niño curioso y por serlo , para los adultos, era  travieso. Cada uno según especie pero desde  todas ellas fueron construyéndose las vidas y circunstancias  de ambos.
Narraré algunas . Mientras mis piernas eran cada vez más flacas y largas , mi timidez y mi vergüenza por ello aumentaban proporcionalmente, en mi amigo Zorro los cambios principales eran de tamaño. De su cuerpo, construyéndose en puro músculos , en su pelo, fuerte y marrón café, y sobretodo sus dientes. No más aquellos dientecillos finos y pequeños, agudos como agujas. Devinieron con el correr de los meses en fuertes y grandes caninos, que a poco fue aprendiendo a usar.
Entre tanto crecíamos ,sus tiempos  y mis  horas transcurrían mayoritariamente juntos. Éramos en general un par de  inseparables. En aquellos tiempos, a mi saber y entender,  toda una feliz normalidad, ahora que algo   de cómo es la realidad correcta del mundo de los grandes, claro tengo que el mundo adulto próximo- mis padres- no tenían de este asunto la misma idea.  Más que verlo, sabía que estaba ahí cerca, lo intuía.  Al salir para la escuela que quedaba cerca de mi casa y barrio, a unas 5 cuadras , o me  acompañaba  por su voluntad si andaba ocioso a las vueltas, o atendía a mis silbidos invitadores ,  no sé lo que hacía durante el horario, pero si sabía que  a la hora de salir, ya en la puerta que se continuaba en una ancha escalinata, lo veía en la vereda de enfrente esperando . Era también compañero de andanzas por el barrio, en  las bulliciosas tardes de   remontar cometas, paciente espectador en  los interminables torneos de bolitas, o en los tormentosos atardeceres de  partidos de fútbol callejero, en los cuales el único reglamento respetado, era el no reglamento, todo y todos, siempre al borde de lo  prohibido o en límites muy próximos a la catástrofe de perder la pelota a mano de alguna vecina intransigente , quejosa  en absolutez de  justicia de que la misma golpeara, o peor aún,  rompiera algún vidrio de ventana. El Zorro ahí, siempre cerca. Siempre dispuesto a sumar a cualquier escándalo sus ladridos cada día más graves y cada día más dispuesto a enseñar sus grandes dientes.  
Por ejemplo. Tan pronto adquirió tamaño y legitimación en la familia,  y a partir de ser “ el perro de…” también cierta posición  en el vecindario, podía observarse desde su actitud orgullosa y distante, lo poco dispuesto que era por naturaleza  a soportar esos diálogos casi humillantes que suponen los consabidos toqueteos de oportunidad , y desde el cual los humanos marcan dominación simbólica sobre las restantes especies,  que tampoco  estaba demasiado predispuesto a ser obsecuente y sumiso con los  extraños a su círculo íntimo más allá de las conveniencias que hacían a su subsistencia.
Es decir, y comprendidos en este círculo, mis padres y mi hermana(a ésta última toleraba con desdén el miedo que le intuía, producto y cicatriz de memoria de  una vieja y nunca olvidada experiencia con un pastor alemán que la mordió). Yo, era otra cosa. Supongo. Nunca me imaginé ni concebí racionalmente la existencia de  un espacio que no nos comprendiera en forma exclusiva a nosotros. Únicos protagonistas a títulos de personajes principales. Nuestra vida excluía a los demás. Por esos tiempos yo estaba absolutamente seguro de tal verdad axiomática.   En mi mundo fantástico, solamente mi vida y las cosas que nos sucedían o inventábamos que nos sucedían , eran a la noche, noches de silencio y de luces fantásticas que se creaban desde los parpadeos y la cadencia de la luz que secuencial invadía con suavidad la luz del faro del Rincón del Bonete.  Desde este escenario es que el amigo Zorro comenzó a tomar decisiones normales a su especie,  morder. Quiero ser objetivo y justo.
Como cualquier animal sano, siempre mordió con razón. Es decir, al igual que cualquier ser que se precie, defendió lo suyo dentro de las reglas de su mundo que eran inconmensurables al catálogo penal de los humanos.
          Dentro de su dieta, irregular, poco ortodoxa y sujeta a los infinitos imponderables de un perro de calle, uno de éstos, era esperar de mi  capacidad, por demás totalmente aleatoria en el tiempo, de burlar la vigilancia de mis mayores  y en audaz y ágil  operación mediante , cortar algo de las piezas enteras de  fiambre que para su venta se acondicionaban  en la enorme heladera comercial del almacén; por lo general trataba de obtener una porción  pequeña para evitar ser descubierto más tarde,  de sabrosa mortadela, que era muy bien recibida por  el  apetito de su destinatarios, por otra parte  siempre despierto.
Para la ocasión, felices del éxito de nuestra partida de recolección de alimento, estábamos en la vereda, ya plena noche tibia de verano, tranquila como todas las noches de pueblo de aquellos tiempos de poco auto y menos motocicletas,  cuando quiso la mala suerte que por la vereda viniera Felix, un amigo y vecino del barrio, a quién yo aventajaba en edad y por lo tanto clara relación de evitación desde mi mirada “de grande” , y con el cual, váyase a saber porque, mi perro  tampoco  hacía buenas migas y mantenía  desde la indiferencia  una relación de severa y adusta distancia. Quiso así mismo  la mala suerte que el bueno de  Félix , en vano  intento a un  acercamiento imposible e inoportuno a todas luces,  dadas las circunstancias, iniciara un ademán con mucho de perdonavidas para   acariciar su cabeza, ¡ para que!. Me resulta  fácil  aún recordar los gritos de aquella noche, soltando veloz  su trozo de bien defendido fiambre Zorro, en uso y abuso de sus derechos ancestrales y atávicos a defender su comida, clavó sin consideración sus fuertes colmillos en el lugar del cuerpo de Félix que tuvo más cercano y a su alcance:   la  “panza”, con tanta  mala fortuna, que en brusco  movimiento y en la sorpresa y dolor del sentirse mordido, Félix se irguió de golpe y el Zorro quedó con sus  fuertes colmillos enganchados en la   piel  y algo más del abdomen del inoportuno  a su cena. La situación terminó recién en resolverse,  en tanto y  cuanto víctima y heridor que  corrían hermanados en la herida lograron separarse una vez la piel  se desgarró y entonces  aquello se transformó en un escenario dantesco , dominado por gritos ,  llantos y amenazas de todo tipo de suplicios y muerte para el pobre perro causante, que habiendo  recuperado su comida  había huido a buscar refugio  váyase a saber adonde , pero con seguridad y  por cierto, bien lejos  de tantos humanos amenazantes.
          Mis torpes y por demás confusas  explicaciones no conformaron a nadie. Ni a mis padres y  ni menos aún  a los de su víctima,  que pedían desde la exhorbitación   un juicio  sumario y  ejecución impostergable e inapelable para el pobre Zorro,  quién sin tener la menor  idea de lo  estaba sucediendo a su alrededor, ni porque esta su nueva condición de  cautivo ,   a esas alturas bien  atado y mejor  escondido, , sufría rencoroso  en  la segura oscuridad de unos viejos e inaccesibles galpones prudentemente lejos de todos ,  a pan y agua, desde que sobraban razones para evitar otras degustaciones de  noble  y apetitosa mortadela .